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Boston, capital de Nueva Inglaterra

Seguimos viajando! Esta primavera cambiamos de ruta y volamos hacia el oeste, hacia el continente americano. Pasamos unos días en la agradable e interesante ciudad de Boston.

Desde sus orígenes, la historia de Boston ha ido irremediablemente unida a la de las Islas Británicas.

Boston es una de las ciudades más antiguas de los Estados Unidos. En 1630, colonos puritanos procedentes de Inglaterra fundaron la ciudad sobre la Península de Shawmut. Se cree que esas tierras estaban habitadas desde hacía aproximadamente 12,000 años por diferentes tribus indígenas, entre ellas los Massachusett. Los europeos, con su llegada, introdujeron enfermedades como la fiebre amarilla, la leptospirosis, la viruela, la gripe o la escarlatina; afecciones frente a las cuales los nativos no poseían inmunidad. Estallaron terribles epidemias que mataron a más del 90% de la población indígena. Los escasos sobrevivientes fueron trasladados a reservas o praying towns donde los convirtieron al cristianismo y obligaron a dejar atrás su forma de vida.

Boston se considera el centro neurálgico de Nueva Inglaterra; nombre que se conserva hoy en día para referirse a la región más al noreste del país. Así mismo, es la capital del estado de Massachusetts.

Al poco de asentarse, en 1635, los puritanos fundaron la primera escuela pública de los Estados Unidos, la Boston Latin School.

Poco más de cien años después, las tensiones entre la colonias y Gran Bretaña eran tan importantes que estallaría la Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1775-1783).

Cada vez eran mayores las diferencias filosóficas y políticas entre las Trece Colonias norteamericanas y Gran Bretaña. Los colonos, por un lado, aportaban riquezas hacia la otra banda del océano. Por el otro lado, se sentían pobremente representados y oprimidos a causa de los impuestos aplicados desde el Viejo Mundo. La oposición fue organizándose y surgieron diferentes grupos de lucha clandestinos. El más importante de ellos se fundó en Boston, denominado Hijos de la Libertad.

La ciudad de Boston acoge hoy en día en sus calles un gran museo de historia al aire libre. La Freedom Trail o Camino de la Libertad es una ruta peatonal de 4 kilómetros que, mediante un pasillo de ladrillos rojos, guía al visitante a través de diferentes lugares de interés histórico.

Oficialmente fuera de la ruta pero seguramente el primer símbolo de la rebelión, se encontraba el Árbol de la Libertad. En torno a este olmo se organizaron los primeros actos de resistencia y protestas en contra de la Stamp Act o Ley del Sello impuesta por Inglaterra en 1765. Años más tarde, fue derruido y hoy en día, apenas se recuerda con una placa situada entre las calles Essex y Washington.

En 1770, a raíz de un altercado entre un grupo de colonos y varios soldados británicos, murieron 5 civiles frente a la Antigua Casa de Estado. Conocida como la Masacre de Boston, algunos creen que fue el detonante para la lucha por la independencia de los Estados Unidos.

Tres años más tarde, los Hijos de la Libertad boicotearon el Acta del Té disfrazándose de indígenas y arrojando al mar la carga de té de tres buques de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Hoy en día, fuera de la ruta del Camino de la Libertad, se conmemora este suceso (el Motín del Té) en el Barco Museo de la Fiesta del Té de Boston.

De nuevo en la ruta, se puede visitar la Casa Museo de Paul Revere. Fue un célebre patriota americano, de profesión platero, recordado por su rol de mensajero en las batallas de Lexington y Concord. Estos fueron los primeros enfrentamientos de la Guerra de Independencia. En 1775 protagonizó la después llevada a poema, Cabalgada de Medianoche. Alertó a los líderes de la rebelión, Samuel Adams y John Hancock, de que las tropas británicas iban a por ellos. En la cercana Old North Church utilizó dos faroles para enviar la señal, que como el poema recuerda, brillarían «uno si por tierra, dos si por mar». Ambos líderes son rememorados en el día a día de los bostonianos contemporáneos.

El Hancock, el cual albergaba antaño las oficinas de la compañía de seguros del mismo nombre, es el más alto rascacielos de la ciudad. Por sí solo es un edificio magnífico pero, con la Iglesia de la Trinidad reflejada en sus brillantes y azuladas cristaleras, ofrece una vista espectacular.

Iglesia de la Trinidad y edificio Hancock, en Copley Square

Samuel Adams es, en pocas palabras, «la cerveza de Boston». Una de las peculiaridades que más nos entusiasma de la ciudad es la cantidad de pubs que tiene. No hay mejor manera para descansar después de una larga jornada que en un pub con una Sam Adams entre las manos.

Pub en Boston

De vuelta a la Guerra de Independencia, en 1775 se luchó en Boston una de las batallas más duras. Los británicos finalmente la ganaron pero con muchas bajas; fue la Batalla de Bunker Hill o de la «colina búnker». Un obelisco conmemorativo a esta batalla constituye la última parada del Camino de la Libertad. Merece la pena el largo paseo hasta el final, en la ribereña Charlestown. Esta pequeña península es el barrio más antiguo de la ciudad y nosotros aprovechamos para visitar el Astillero Naval. Entre otros barcos de guerra, se encuentra el USS Constitution que, botado en 1797, es el navío más antiguo aún a flote y en activo en todo el mundo.

Si visitáis Charlestown, recomendamos volver hacia el centro de Boston en ferri. Son 10-15 minutos de agradable paseo con espléndidas vistas de la ciudad. Además, la zona del embarcadero de Long Wharf es muy animada. Allí mismo se puede visitar El New England Aquarium y a pocos pasos, el popular Mercado de Faneuil Hall. Actualmente, es un centro comercial con terrazas y pubs al aire libre (no os olvidéis de tomar una pinta en el Cheers, réplica del de la serie). Además, es una parada bien conocida de la Freedom Trail ya que, desde que se construyó en 1742, ha sido lugar de reuniones y discursos políticos históricos.

Muy cerca del mercado, se encuentran otras paradas de la ruta como la ya mencionada Antigua Casa de Estado. Desde su balcón, se proclamó el 18 de julio de 1776 la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En la misma calle se erige la Casa de Reuniones de Old South. A pocos metros, se alinean imponentes las lápidas de los cementerios históricos de la King’s Chapel (el más antiguo de la ciudad) y adyacente a la Park Street Church, del Cementerio del Antiguo Granero. En este último, descansan los restos de importantes patriotas americanos como Samuel Adams, Paul Revere, John Hancock y los 5 asesinados en la Masacre de Boston. Otro cementerio de la ruta es el de Copp’s Hill donde más de 1,200 bostonianos fueron enterrados entre los siglos XVII y XIX.

Para dar por finalizada la ruta del Camino de la Libertad, no se puede olvidar la actual Casa de Estado de Massachusetts, que fue completada en 1798 y se alza imponente en lo alto de la Beacon Hill. A sus pies, paseamos a través del parque urbano más antiguo de los Estados Unidos, el Boston Common.

Con la Declaración de Independencia, las Trece Colonias se proclamaron libres pero no se desligaron de la peor institución legal establecida por la América Británica: la esclavitud. Pasaron casi 100 años hasta que la esclavitud fue prohibida a nivel nacional en el siglo XIX.

El siglo XIX trajo consigo una oleada muy importante de inmigrantes a la ciudad. Este suceso definiría la Boston que es hoy en día y seguramente es el evento clave que la hace tan especial.

Memorial a la Hambruna Irlandesa

Irlandeses, italianos, alemanes, libaneses, sirios, franco-canadienses, chinos y judíos rusos y polacos se establecieron en la ciudad. Italianos e irlandeses trajeron consigo el catolicismo, comunidad religiosa más importante en la actualidad. Los asiáticos crearon Chinatown, un barrio exótico y repleto de buenos restaurantes. Los irlandeses, que huían de la Gran Hambruna, además de aportar los queridos pubs y el equipo de la NBA Boston Celtics, serían fundamentales en el desarrollo económico y político futuros. Entre muchas otras familias irlandesas, destacaron los Kennedy.

Además de John F. Kennedy y otros siete presidentes de los Estados Unidos, muchos políticos y personalidades, como por ejemplo Bill Gates o Mark Zuckerberg, se han formado y licenciado en la vecina ciudad de Cambridge.

A pocas paradas de metro del centro de Boston, se erige desde la época colonial, la institución de educación superior más antigua de los Estados Unidos: la prestigiosa Universidad de Harvard.

Pasamos una mañana entera paseando por el gigantesco campus, entre facultades, parques y museos.

En la misma Cambridge, a orillas del río Charles y con vistas a Boston, se halla otra institución afamada a nivel mundial: el MIT o Instituto de Tecnología de Massachusetts. Es una universidad politécnica puntera en ciencia y tecnología, con decenas de premios Nobel, astronautas, inventores, físicos, matemáticos e ingenieros notables entre su alumnado. Hacía tiempo que queríamos visitar su museo y deambular a través de sus pasillos.

Quizás los mencionados son los más famosos, pero en todo el área metropolitana de Boston se encuentran 52 centros de educación superior. Es una ciudad con una gran tradición cultural y muestra de ello son las numerosas librerías, bibliotecas, salas de conciertos, teatros y museos que la componen. Newbury es el nombre de una popular calle comercial en la zona de Back Bay y a parte de innumerables tiendas de ropa y restaurantes, acoge dos lugares a los que volvimos varias veces durante nuestra estancia en Boston: la tienda de música y comics Newbury Comics y la liberería-cafeteria Trident Booksellers & Cafe.

Para bibliotecas sin duda, la Biblioteca Pública de Boston. Compuesta por diferentes edificios interconectados, algunos antiguos, otros más modernos, contiene aproximadamente 24 millones de volúmenes. Se trata de la tercera mayor biblioteca de los Estados Unidos, tan solo por detrás de la Biblioteca del Congreso y de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Pero además de cultural, Boston es epicentro deportivo.

La ciudad tiene equipos triunfadores en las cuatro ligas profesionales mayores de norteamerica: en la de basket (Celtics), la de baseball (Red Sox), la de hockey (Bruins) y la de football americano (Patriots). Asimismo, uno de los eventos más importantes de la ciudad es la Maratón de Boston, que se celebra cada año en abril y es la maratón anual más antigua del mundo.

Línea Final de la Maratón de Boston

Nos despedimos de Boston en Fenway Park, el estadio de baseball más antiguo de la MLB (Major League Baseball) y casa de los Red Sox.

Una semana en Kyushu

Este año hemos vuelto a Japón en primavera, para disfrutar del sakura y conocer un poco mejor la isla de Kyushu.

Japón es un archipiélago formado por cuatro grandes islas, de norte a sur: Hokkaido, Honshu, Shikoku y Kyushu. Esta vez decidimos explorar la más sureña. Eso sí, dejamos algo de tiempo para disfrutar como siempre de Tokyo e hicimos una parada a la vuelta en la acogedora ciudad de Hiroshima.

La visita a Tokyo fue breve, básicamente primer y último día del viaje, pero aprovechamos al máximo la estancia en la vibrante metrópoli que tanto nos gusta. El sakura o florecimiento del cerezo (que esperamos poder extender en otro post) ocurre anualmente en primavera, pero como es lógico, las fechas exactas son imprevisibles. La naturaleza es la única que programa este efímero y celebrado acontecimiento. Pudimos disfrutar la «full bloom» o plena floración en Tokyo y en los primeros destinos del viaje. Escogimos el parque de Hinokicho en Roppongi para pasar la tarde y cenamos con amigos en una izakaya en la zona de Shimbashi.

Al día siguiente bien temprano cogimos un shinkansen y, vía Kobe, en apenas 6 horas, llegamos a Fukuoka. Fukuoka es la ciudad más poblada de la isla de Kyushu y hasta 1889 estaba dividida por el río Naka-gawa en dos urbes independientes: Hakata y la propia Fukuoka. Históricamente, la primera era un distrito portuario y centro importante de comercio internacional; y la segunda, tierra de samuráis.

Hoy en día, Fukuoka es una ciudad grande pero acogedora, con una buena red de metro y autobuses pero que se presta a recorrerla a pie. Nos alojamos en Tenjin, que es el centro actual de la ciudad, muy cerca del parque Chūō-kōen. Es un parque pequeñito pero precioso con los cerezos a orillas de un afluente del río Naka. En sus laterales se encuentran el ayuntamiento y el bonito edificio ACROS cuyas paredes ajardinadas parecen fundirse con el parque.

Tenjin está repleta de bares, restaurantes y tiendas que se extienden incluso subterráneamente en la galería comercial Tenjin Chikagai. Probablemente la zona más agradable de la ciudad se localiza un poco más hacia el oeste. Disfrutamos de pleno la fiesta del sakura, el hanami, en el parque de Maizuru-kōen. Sobre una colina, acoge los restos del antiguo castillo de Fukuoka. Adyacente al de Maizuru se halla el parque Ohori-kōen que, con un inmenso lago en el centro, es un lugar ideal para pasear o relajarse.

En la zona de Hakata, además de la estación de tren, también hay multitud de tiendas y restaurantes; nos resultó curioso el centro comercial Canal City. Sin embargo, nosotros optamos por lo tradicional y visitamos varios templos en el área de Gion.

Nuestra amiga Yoko fue la encargada de mostrarnos las delicias culinarias de la zona. Las gyozas de Fukuoka son pequeñas («para un bocado»), crujientes y sabrosas. Nos llevó a un bonito restaurante para probar el mizutaki que es un plato típico de pollo hervido en un gustoso caldo con verduras y fideos. Característicos de Fukuoka son los yatai, puestos de comida ambulantes. Acompañados por Yoko, pudimos disfrutar la experiencia auténtica de compartir mesa y charlar con el resto de comensales. Tampoco dejamos Fukuoka sin probar dos especialidades exquisitas de Hakata: el mentaiko, que son huevas de bacalao marinadas, y por supuesto el plato más popular de Kyushu, el tonkotsu ramen.

Partimos en tren hacia Nagasaki, una ciudad desgraciada e injustamente famosa por el desastre nuclear de 1945. Esta vez, nos alojamos en un ryokan sencillo y familiar cerca de la estación (el Fujiwara Ryokan) y recorrimos la ciudad en tranvía. A diferencia de Fukuoka, es una localidad tranquila con toques provincianos. Irónicamente, durante el periodo Edo, por más de doscientos años, Nagasaki fue el único vínculo de Japón con el mundo exterior.

La memoria del ataque nuclear sigue viva en el barrio de Urakami, epicentro de la mortífera explosión atómica. Allí se concentran diferentes puntos que rememoran los hechos acontecidos aquel funesto 9 de agosto de 1945. Visitamos el Parque de la Paz, el Museo de la Bomba Atómica, el Pabellón Nacional de la Paz en Memoria de las Víctimas y el Parque del Epicentro de la Bomba. De todos modos, ya hablaremos sobre las bombas de Hiroshima y Nagasaki en otro post.

Durante el periodo Edo o también conocido como shogunato Tokugawa (1603-1868), Japón fue gobernado por el shōgun y controlado por los daimyō o señores feudales. La sociedad se regía por los principios del confucionismo y giraba en torno a las jerarquías y el control establecido por los daimyō. Bajo una política nacional de aislamiento respecto al resto del mundo, el puerto de Nagasaki era el único de todo Japón en el que estaba permitida la entrada de barcos extranjeros. Por allí entraron chinos, coreanos y europeos aportando con ellos su cultura, gastronomía y religión. Durante un siglo se permitió el paso de misioneros católicos que convirtieron a numerosos japoneses al cristianismo. Todavía hoy existe una importante comunidad cristiana en Nagasaki; muestra de ellos son las abundantes iglesias dispersas por la ciudad.

En 1636 se construyó muy cerca del puerto Dejima, una isla artificial para acoger (y recluir) a los comerciantes extranjeros. Dejima estaba conectada con tierra firme por un pequeño puente vigilado y no se permitía la salida de ningún extranjero hacia suelo japonés. Vivieron primero portugueses y posteriormente comerciantes holandeses. Hoy en día sus casas, almacenes y lugares de negocio se han reconstruido y se pueden visitar. Uno de los productos más cotizados en la época Edo era el azúcar. En el restaurante de Dejima, que es en realidad un club social internacional fundado en 1903, degustamos varios dulces típicos de Nagasaki: el castella, un bizcocho traído por los portugueses y el crujiente yori-yori chino.

Otro punto interesante de Nagasaki es el barrio chino, Shinchi Chinatown. Entre los siglos XV y XIX fue el hogar de comerciantes y marineros chinos y es el chinatown más antiguo de Japón. Está repleto de buenos restaurantes chinos y es el lugar ideal para probar las especialidades culinarias de la zona: el champon, el ramen local, un gustoso caldo de cerdo con fideos, verduras y productos de mar como calamar, pulpo o gambas; el sara-udon, que combina los ingredientes del champon pero sin la sopa, sobre crujientes fideos fritos; y el kakuni-manju, un bollo al vapor relleno de un trozo de tripa de cerdo servido con una salsa espesa y dulce. La verdad es que todo estaba delicioso.

Decidimos darnos un descanso de turismo urbano y buscar en la zona alguna localidad con onsen. Los onsen son los baños tradicionales japoneses que aprovechan el calor natural de las aguas termales volcánicas. Kyushu es una isla con gran actividad volcánica y consecuentemente muy popular para el turismo de onsen. La zona más famosa es Beppu, al norte, y por lo que nos han explicado puede llegar a estar realmente masificada. Nosotros, en la misma prefectura de Nagasaki, entramos en autobús a la península de Shimabara, presidida por el grupo volcánico del Monte Unzen. A medida que nos acercábamos a las faldas del volcán, mayor era el vapor que emergía de la tierra. Cientos de manantiales bombean miles de litros de agua caliente a diario.  Nosotros nos alojamos en el pueblo de Unzen, en un confortable ryokan.

El entorno es realmente particular. Se podría decir que acoge el paraíso y el infierno al mismo tiempo. El paraíso de la naturaleza en primavera, la floración de los cerezos y otros árboles, el silencio interrumpido únicamente por el canto de los pájaros. El infierno de las ardientes aguas sulfurosas que vuelven estéril la tierra que tocan, en un paisaje lunar de olor nauseabundo. De hecho, al grupo de burbujeantes manantiales que se encuentran a las afueras del pueblo se les conoce como Unzen jigoku o el Infierno de Unzen.

Dentro del ryokan todo es bienestar. En los onsen hay que meterse sin ropa por lo que habitualmente están separados por sexos. Nosotros reservamos un pequeño onsen exterior privado para disfrutarlo juntos. El otro aspecto que nos vuelve locos de los ryokan es la cocina kaiseki ryori. Una cena tradicional japonesa compuesta por numerosos platillos exquisitos cuidadosamente preparados con productos de la zona, de temporada, cocinado cada uno con la técnica local perfecta para resaltar el sabor de cada ingrediente, servidos en delicada vajilla seleccionada para cada plato. Es una cocina que te conecta con la naturaleza y el lugar, una experiencia única.

Salimos de Unzen en ferry hacia la ciudad natal de la famosísima mascota Kumamon, Kumamoto. Kumamoto es otra ciudad al pie de un volcán, el Monte Aso, pero esta vez fue otro desastre natural el que azotó la localidad japonesa. En abril de 2016 varios terremotos hicieron temblar ferozmente la tierra, hasta una magnitud de 7.0 en la escala de Richter. El desastre se llevó varias vidas, miles de heridos y daños materiales, y acabó con el símbolo de la ciudad, el castillo de Kumamoto. Era uno de los castillos más populares y visitados en Japón, ya reconstruido en diferentes ocasiones tras incendios, guerras y otros terremotos. Hoy en día, se encuentra en proceso de reparación y se puede recorrer a lo largo de su perímetro y observar los destrozos pero también los avances en la obra.

La visita a Kumamoto fue breve pero no la dejamos sin probar varios platos típicos. Comimos el ramen de Kumamoto que, al igual que en el resto de Kyushu, se caracteriza por ser de cerdo (tonkotsu ramen) pero los fideos son algo más gruesos y la sopa adquiere un sabor potente y característico gracias al ajo tostado y el aceite de ajo. Nosotros lo pedimos con dos yemas de huevo, delicioso. Por la noche cenamos en una izakaya y pedimos otros platos típicos como el karashi renkon, raíz de loto con salsa de mostaza y miso; el basashi o carne de caballo cruda y la Higo Gyu Yakiniku o barbacoa de ternera local (Higo). También pedimos nuestros favoritos, takowasa y sushi.

Partimos hacia la ciudad más meridional de Kyushu, Kagoshima. Es una ciudad cálida, ubicada en una bahía vigilada por el gran volcán Sakurajima. El Sakurajima es el símbolo del lugar y lleva escupiendo humo y cenizas de forma casi continua desde 1955. Cada año tiene más de 1.000 erupciones pequeñas con lo que los lugareños están acostumbrados a cubrirse y abrir sus paraguas cuando el aire se torna grisáceo.

Una excursión sencilla y recomendable es ascender una pequeña colina hasta el observatorio Shiroyama. Desde allí se obtienen vistas excepcionales de la ciudad, la bahía y el gran Sakurajima.

Uno no puede salir de Kagoshima sin probar el tonkatsu, un delicioso filete de cerdo empanado acompañado de arroz y sopa de miso. En Kagoshima se cría el kurobuta o «cerdo negro», el más apreciado de todo el país. Recomendamos el restaurante Aji no tonkatsu Maruichi.

Uno de tantos motivos que nos trajeron a Kyushu fue para ver los escenarios de la bonita película Kiseki, que transcurre entre Fukuoka y Kagoshima y gira en torno a los sueños infantiles y el shinkansen.

De vuelta hacia Tokyo, decidimos dejar un día y una noche para visitar la ciudad de Hiroshima que es una de nuestras preferidas. Paseamos por los lugares más emblemáticos, el Parque Conmemorativo de la Paz y la Cúpula de la Bomba Atómica; y entramos en la Sala Nacional de la Paz en Memoria de las Víctimas. Esta vez visitamos el reconstruido castillo de Hiroshima y conocimos el hermoso jardín Shukkeien. Para terminar el día volvimos a nuestro restaurante favorito de okonomiyaki estilo Hiroshima en el complejo Okonomi-mura.

Madrugamos bien temprano para tomar uno de los primeros shinkansen a Tokyo y así aprovechar nuestro último día al máximo. Al llegar, cogimos fuerzas a base de sushi e hicimos las últimas compras frikis en el barrio de Akihabara. Tras una breve parada en el hotel, en Ueno, nos acercamos a curiosear el popular mercado Ameyayococho.

El resto de la tarde la pasamos callejeando entre Shibuya y Harajuku. Hicimos una parada en un bar muy peculiar en Maruyama-cho, la zona de los «love hotels» de Shibuya. El Meikyoku Kissa Lion es un café barroco donde la gente entra para escuchar música clásica prácticamente a oscuras y en silencio. Recientemente lo había visto en una serie y no quisimos dejar Tokyo sin tomarnos un té en este lugar tan especial.

またね!Hasta pronto Japón!

El pueblo Sami en Noruega

Durante nuestro viaje a las islas Lofoten en Noruega tuvimos la oportunidad de descubrir el pueblo sami. Todos conocemos a los pobladores indígenas del ártico americano, los esquimales (entre ellos los inuit y los yupik). Sin embargo, en ocasiones no disponemos de tanta información sobre los habitantes originales del ártico europeo, los sami o despectivamente llamados lapones. Se estima que en Noruega viven 50.000 y que son en total 82.000 personas.

Mucho antes de que los vikingos zarparan de Escandinavia, hace más de 5.000 años, los sami vivían en las zonas árticas de las actuales Noruega, Suecia, Finlandia y parte de Rusia. Poblaban la zona tradicionalmente conocida como Sápmi o Laponia y se dedicaban a la pesca, la caza y el pastoreo de renos y ovejas.

Tanto las islas Lofoten como las Vesteralen, en el condado de Nordland en Noruega, pertenecen a la tierra originaria de los sami. Durante nuestro paso por las Vesteralen, en la isla de Hinnøya, muy cerca de la ciudad de Sortland, hicimos una parada en la granja de la familia Inga.

Laila Inga nos recibió en una cabaña tradicional circular denominada lavvu. Nos sentamos sobre pieles de reno y, alrededor del fuego, nos habló sobre la historia de su pueblo. Conversamos sobre sus antepasados, su cultura y sus tradiciones. Degustamos un guiso típico de reno y pudimos preguntarle sobre los sami y sus costumbres.

Durante muchos años ha sido un pueblo oprimido y su cultura ha estado en peligro de desaparecer. Hoy en día, es uno de los pueblos aborígenes del mundo que permanece más fuerte. Su lengua, artesanía, trajes tradicionales, música… son propias y diferentes de las del resto de Escandinavia. En muchas regiones nórdicas, el pastoreo de renos está legalmente reservado únicamente para los sami.

En Noruega se estima que 20.000 samis hablan una de sus tres lenguas ugrofinesas. Hay zonas en las que se utiliza a diario y es reconocida oficialmente. Sin embargo, en otras zonas la lengua está perdiendo terreno con respecto al noruego.

El idioma sami es extraordinariamente expresivo. Existen más de cien palabras para referirse a la nieve y más de cincuenta para los renos. Es característico el canto «yoik«. Son canciones tradicionales, dulces y profundas, en las que se expresan sentimientos a través de sonidos e improvisaciones silábicas. Están dedicadas a un animal, una persona o un paisaje. Constituyen una expresión de resistencia artística y a su vez una importante fuente de información actual, ya que a partir de las letras se puede comprender la problemática de su pueblo: narran cómo se perdió la independencia administrativa y religiosa o la transición de una sociedad de cazadores a una sociedad moderna.

Para los sami el contacto con la naturaleza es básico y, a pesar de todos los intentos de cristianización que han sufrido, profesan una religión panteísta con toques cristianos y siguen venerando los dioses de la naturaleza.

Su bandera también está muy relacionada con la naturaleza. En la parte derecha está el sol, y en la izquierda, la luna. El color amarillo simboliza el sol, el azul el cielo, el verde los árboles y el rojo el fuego.

Son estos cuatro colores vivos los que lucen en su vestimenta. Los trajes se llaman kolt y llevan complementos elaborados con piel de reno.

Los sami han vivido en Sápmi desde tiempos inmemoriales. En los siglos XV y XVI comenzaron los movimientos de colonización por parte de los granjeros del sur. Más tarde, el gobierno noruego respaldó estos movimientos como parte del proceso de «norueguización». Al mismo tiempo, entre los sami ocurrió una transición gradual de la caza de renos salvajes a la práctica del pastoreo, con lo que se convirtieron en un pueblo nómada.

Durante los siglos XIX y XX se destruyeron lugares y objetos sagrados, se prohibieron sus lenguas y tomaron el control sobre su tierra, eliminando así su estilo de vida. En el año 1913 se impuso el sistema de escuelas nómadas, escuelas para los hijos de familias ganaderas de renos. Se les enseñaba lo necesario para la vida nómada y la ganadería pero no respondían a un intento de preservar su cultura, más aún, pretendían mantenerlos fuera del estado de bienestar que se estaba construyendo. Las clases se impartían en noruego y los niños sami tenían prohibido asistir a las escuelas públicas estatales. En los años 20 y 30 del siglo pasado los sami eran estudiados anatómicamente mediante fotografías y mediciones, contra su voluntad y con ayuda de la policía, para recoger datos que pudieran justificar las teorías raciales de la época. En Suecia el «Statens Institut for Rasbiologi» (instituto estatal de biología racial) llevó a cabo proyectos de esterilización masiva de mujeres sami hasta el año 1975. Sus tumbas  eran profanadas en busca de material de estudio y en la época colonial, llegaron a exhibirlos en zoos humanos alrededor de todo mundo.

Este es el trailer de la película Sami Blood (2016) sobre la comunidad sami. Ganadora de numerosos premios, entre ellos el Lux Prize 2017:

Durante el siglo XX se inició el periodo de reconciliación, pero la mayoría de población sami considera que todavía tienen que recuperar muchos derechos. Como la mayoría de pueblos indígenas, nunca han tenido un estado soberano propio y hoy en día viven en zonas repartidas entre cuatro países diferentes. Existen organizaciones sami políticas, culturales y juveniles en los cuatro países y en cada uno de los tres escandinavos un Parlamento Sami.


Corto de animación que muestra la historia de los sami en Finlandia.

En Noruega, los sami han sido reconocidos como «pueblo indígena» y por consiguiente, de acuerdo a las leyes internacionales, tienen derecho a especial protección y privilegios. La «ley de cría de renos» de 1971 dota a los sami de cierta libertad económica. El pastoreo de renos constituye el requisito material principal para el derecho al asentamiento. Hoy en día sin embargo, la mayoría de sami se mueven y buscan otras profesiones ya que la tierra se empobrece explotada por minas, la deforestación y la construcción de hidroelécticas. Además, los no vinculados tradicionalmente al pastoreo, los pescadores, cazadores u otros, quedan fuera de la ley. Afortunadamente, la mayoría de sami tienen algún familiar vinculado de alguna manera al pastoreo. Los renos siguen siendo fundamentales para su cultura y sociedad. Pudimos aprender sobre ellos gracias a Laila y comprobamos lo tranquilos y apacibles que son dándoles de comer.